Fragmentos de “Cartas a un joven Poeta”

RILKE, Rainer Maria. 1996. Cartas a un joven poeta, Editorial Norma, Colombia.
Rainer Maria Rilke

“PARÍS, 17 DE FEBRERO DE 1903

(…) Usted mira hacia afuera, y eso, ante todo, es lo que no debería hacer ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un único recurso. Entre en usted mismo. Explore la causa de su deseo de escribir; pruebe si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón, admita si usted moriría si se le prohibiera escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escri­bir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta profunda. Y si oyese un asentimiento, si se encon­trara con un fuerte y simple "debo", construya su vida según esa necesidad; su vida hasta dentro de su más indiferente e insignificante hora debe conver­tirse en señal y testimonio de ese afán. Después acérquese a la naturaleza. Luego intente, como un primer hombre, contar lo que ve y presencia, ama y pierde. No escriba poemas de amor. Evite en un principio aquellas formas demasiado habituales y comunes: esas son las más difíciles, pues es necesaria una fuerza grande y madura para producir algo pro­pio allí donde se acumula una multitud de tradicio­nes buenas y en parte brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales, diríjase a aquellos que le ofrece su cotidianidad; describa sus tristezas y sus deseos, los pensamientos pasajeros y su fe en cualquier belleza. Refiera todo esto con sinceridad profunda, silenciosa, humilde, y utilice para expresarse las cosas de su entorno, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianidad le parece pobre, cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficientemente poeta para hacer que sus rique­zas vengan a usted; pues para los creadores no hay pobreza ni lugares pobres, comunes. Incluso si estuviera en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar los ruidos del mundo hasta sus sentidos, ¿no tendría usted aún su niñez, esa deliciosa, magnífica posesión que son los recuerdos? Vuelva hacia allá su atención, intente recuperar las sensaciones hun­didas de ese amplio pasado; su personalidad se con­solidará, su soledad se ampliará y se convertirá en una habitación a media luz frente a la cual pasa, a lo lejos, el ruido de los demás. Y si de este giro hacia su interior, de este sumergirse en el mundo propio, salen versos, usted no pensará en preguntar si se trata de buenos versos. Tampoco hará el intento de interesar a las revistas en estos trabajos; usted verá en ellos su posesión querida y natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena si nace de la necesidad. En esta característica de su origen está el criterio para su juicio: no hay ningún otro. Por esto, estimado señor, no sabría darle sino este consejo: entrar en usted mismo y examinar las profundidades de las que brota su vida; en esa fuen­te encontrará la respuesta a la pregunta de si debe crear. Admítala como suene, sin interpretarla. Tal vez se demuestre que usted ha sido llamado a ser artista. Entonces asuma su destino y sopórtelo, con su peso y su magnitud, sin pedir jamás una recom­pensa que pudiera venir del exterior. Pues quien crea debe constituir un mundo para sí mismo y en­contrarlo todo en sí mismo y en la naturaleza a la que se ha integrado. 

Sin embargo, tal vez deba usted también, después de este descenso en sí y en su soledad, renunciar a ser un poeta (es suficiente, como lo he dicho, sentir que sin escribir sería posible vivir para no deber hacerlo en absoluto). Pero, incluso si esto sucede, esta introspección que le pido no habrá sido en vano. De cualquier forma, su vida encontrará, desde ese momento, caminos propios. Y le deseo, más de lo que puedo decir, que esos caminos sean buenos, ricos y amplios.

¿Qué más debo decirle? Todo me parece puesto en su lugar. Finalmente, sólo quisiera aconsejarle crecer seria y silenciosamente a través de su desa­rrollo, pues no hay forma más violenta de alterarlo que mirando hacia afuera y esperando de afuera respuestas a preguntas que sólo puede contestar, tal vez, su más íntimo sentir en su más silenciosa hora.” 

VIAREGGIO, CERCA DE PISA (ITALIA), 23 DE ABRIL DE 1903

“(…)Las obras de arte son de una soledad infinita y no hay nada que se acerque menos a ellas que la crítica. Sólo el amor puede aprehen­derlas y retenerlas y ser justo frente a ellas. Dé siem­pre la razón a usted mismo y a su sentimiento frente a cualquiera de tales explicaciones, discusiones o introducciones. Si usted no tuviera razón, el creci­miento natural de su vida interior lo conducirá len­tamente y con el tiempo, a otros juicios. Permita que sus juicios se desarrollen de manera propia, tranqui­los e inalterados. Este desarrollo, como cualquier progreso, debe venir de lo profundo y no puede ser acosado ni acelerado por nada. Todo se trata de gestar y después parir. Dejar que cada impresión y cada germen de un sentimiento maduren en la os­curidad, en lo indecible, en lo desconocido, en lo in­alcanzable para el propio entendimiento, y aguardar con profunda humildad y paciencia la hora del parto de una nueva lucidez: sólo esto significa vivir artís­ticamente, tanto en el intelecto como en la acción creadora.

Aquí no existe el medir con el tiempo, aquí no cuentan los años y diez años son nada. Ser artista significa no calcular ni contar; madurar como el ár­bol, que no empuja su savia y permanece confiado bajo las tormentas de la primavera sin miedo a no ver llegar un verano más. El verano sí llega. Pero sólo para los pacientes que están ahí como si la eter­nidad estuviera frente a ellos, así de despreocupa­damente plácidos y amplios. Eso lo aprendo día a día, lo aprendo con dolor al cual agradezco (y con el dolor estoy agradecido): ¡la paciencia lo es todo!” 

 

“ACTUALMENTE EN WORPSWEDE, CERCA A BREMEN, 16 DE JULIO DE 1903

 

(…)Si usted se apoya en la naturaleza, en lo simple en ella, en lo pequeño, en lo escasamente visible, que puede convertirse de repente en grande e incon­mensurable; si usted tiene ese amor hacia lo insig­nificante y de la forma más sencilla busca, como un sirviente, ganar la confianza de aquello que parece pobre, entonces todo le será más fácil, unitario y de alguna manera más conciliador; tal vez no para el intelecto, que se detiene, sorprendido, pero sí para la más íntima conciencia, para la vigilia y para el conocimiento. Usted es tan joven, está tan lejos de cualquier comienzo, y yo quiero pedirle, tanto como me sea posible, que tenga paciencia frente a todo lo no resuelto en su corazón y que intente querer a las preguntas mismas como a habitaciones cerradas y a libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no le pueden ser dadas porque no las podría vivir. Y se trata de vivirlo todo. Ahora viva usted las preguntas. Tal vez viva la res­puesta más tarde, por fin, sin darse cuenta, en un día lejano. Tal vez lleve usted consigo la posibilidad de formar y moldear como una manera especialmente espiritual y pura de vivir; edúquese para eso -pero asuma con gran confianza aquello que llegue, y si viene sólo de su voluntad, de alguna necesidad de su interior, tómelo sobre sí Y no odie nada-o El sexo es difícil; sí. Pero es lo difícil lo que nos ha sido en­cargado, casi todo lo importante es difícil, y todo es importante. Si reconoce sólo eso y llega a conquis­tar, desde usted, desde su talento y a su manera, a partir de su experiencia e infancia y fuerza, un com­portamiento totalmente propio hacia el sexo (no influido por la convención ni por la tradición), no debe temer más perderse ni volverse indigno de su mejor posesión.

El placer corporal es una vivencia sensorial no diferente del simple observar o de la simple sensa­ción con la que la lengua percibe una fruta bella; es una experiencia grande, infinita, que nos es dada, un conocimiento del mundo, la fuente y el brillo de todo conocimiento. Y que lo acojamos no es malo; malo es que casi todos abusan de esa experiencia y la desperdician y la ponen como estímulo en las horas cansadas de sus vidas, como dispersión en vez de recogimiento hacia puntos culminantes. La hu­manidad también ha transformado la comida: la ne­cesidad de un lado, el exceso del otro, han enlodado la claridad de este recurso, y de la misma manera se han vuelto turbias todas las profundas y sencillas necesidades básicas en las que la vida se renueva. Pero el individuo puede aclaradas para sí y vivirlas claramente (y si no el individuo, que es demasiado dependiente, sí el solitario). Él puede recordar que toda la belleza en los animales y en las plantas es una forma tranquila y duradera del amor y del deseo, y puede verlos, pacientes y solícitos juntándose y reproduciéndose y creciendo -no por placer físico, no por sufrimiento físico-, inclinándose ante necesi­dades que son más grandes que el placer y más poderosas que la voluntad y la resistencia. Oh, si el hombre recibiera más humildemente, cargara con más seriedad, tolerara, sintiera el peso de este mis­terio del que está lleno el mundo hasta en su más pequeña cosa, en vez de tomarlo a la ligera. Si fuera respetuoso con su fertilidad, que es sólo una, así pa­rezca espiritual o corporal; pues también la creación espiritual se origina en lo físico, es un ser con ello y es sólo como una repetición más silenciosa, más encantadora y más eterna de la voluptuosidad cor­poral. "La idea de ser creador, de fecundar, de for­mar", no es nada sin la gran ratificación y realización que la precedió en la tierra, sin la concertación mil veces ocurrida de los animales y las cosas -y su gozo es tan indescriptiblemente bello y rico porque está lleno de recuerdos heredados de fecundaciones y engendramientos de millones-. En el pensamiento de un creador reviven miles de noches de amor olvidadas y lo satisfacen con grandeza y altura. Y los que se encuentran y se entrelazan en las noches, en un placer que arrulla, hacen un trabajo importante y coleccionan dulzuras, profundidad y fuerza para la canción de algún poeta venidero que se levantará para hablar de placeres inefables. Y de esta forma llaman al futuro; y si yerran y se abrazan a tientas, el futuro también llega, una nueva persona se alza y sobre el fundamento del azar, que aquí parece realizado, despierta la ley con la que un esperma­tozoide capaz de enfrentar la resistencia, fuerte, se abre camino hacia el óvulo, que lo atrae abiertamen­te. No se deje usted confundir por lo superficial; en las profundidades todo se vuelve ley. Y quienes viven el misterio mal y falsamente (y son muchos), lo pierden sólo para sí mismos y lo siguen pasando como una carta cerrada, sin saberlo. Y no se extra­víe en la multiplicidad de los nombres y en la com­plejidad de los casos. Tal vez hay en todos una maternidad como deseo común. La belleza de una virgen, de un ser que (como usted tan bellamente dice) "aún no ha producido nada", es la maternidad que se presiente y se prepara, teme y anhela. Y la belleza de la madre es maternidad que sirve, y en la anciana es un gran recuerdo. Y también en el hombre hay maternidad, me parece, corporal y espiritual; su fecundar es, también, una forma de engendrar, y de engendrar se trata cuando él crea desde su caudal interior. Y tal vez los sexos están más emparentados de lo que uno cree, y la gran re­novación del mundo consistirá tal vez en que el hombre y la mujer, liberados de todos los sentimien­tos errados y de los rechazos, no se busquen como opuestos sino como hermanos y vecinos, y se unan como personas para, sencilla, seria y pacientemente, cargar juntos con el pesado sexo que les ha sido im­puesto.

Pero todo lo que tal vez algún día les sea posible a muchos, puede preparado y construido ya el solitario con sus manos, que se equivocan menos. Por eso, querido señor, ame su soledad y cargue con el dolor que ella le causa con sonoras recriminaciones. Pues quienes están cerca de usted están lejos, dice usted, y eso muestra que empieza a haber amplitud alrededor suyo. Y si su cercanía está lejos, su lejanía está ya bajo las estrellas y es muy grande; alégrese de su crecimiento, en el que no puede llevar a nadie consigo, y sea bondadoso con aquellos que se que­dan atrás, y esté seguro y tranquilo frente a ellos, y no los moleste con sus dudas y no los asuste con su confianza ni con su alegría, la cual no podrían comprender. Búsquese para con ellos una compañía simple y fiel que no debe cambiar necesariamente si usted mismo cambia y cambia; ame en ellos a la vida en una forma extraña y sea tolerante con las personas que envejecen, que temen a esa soledad en la que usted confía. Evite aportar más materia al drama que está siempre tendido entre padres e hi­jos; en eso se gasta mucha fuerza de los hijos y se consume el amor de los viejos, que hace efecto y da calor, incluso sin comprender. No exija consejos de ellos y no cuente con su comprensión; ¡pero crea en un amor que es conservado para usted como una he­rencia y confíe en que en este amor hay una fuerza y una bendición de los que usted no necesita salirse para ir muy lejos!

Es bueno que usted desemboque en primer lugar en un trabajo que lo haga independiente y que lo ubique por completo en usted mismo en todos los sentidos. Aguarde pacientemente para ver si su vida interior se siente limitada por la forma de este traba­jo. Yo lo considero muy difícil y exigente ya que está cargado de grandes convenciones y no deja espacio para una interpretación personal de sus tareas. Pero su soledad le será, también en medio de circunstan­cias muy extrañas, apoyo y patria, y a partir de ella encontrará usted todos sus caminos.”

“ROMA, 23 DE DICIEMBRE DE 1903

Lo necesario es sólo esto: soledad, gran soledad interior. Entrar en sí mismo y no encontrarse con nadie durante horas, eso debe uno poder lograr. Estar solo como uno estaba solo cuando niño cuando los adultos iban de acá para allá, complicados con cosas que parecían impor­tantes y grandes, porque los mayores se veían tan ocupados y porque uno no entendía nada de su que­hacer.” 

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