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Danza / Teoría
 

Se publican aquí artículos, y fragmentos de textos que buscan ayudar a los maestros de Artes a revitalizar y ampliar el panorama de su práctica pedagógica.
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Danza y Pedagogía l Danza y Ciencía l Ciencía y Danza l

 

Sobre la educación en danza
Dimensión estética de la danza
y pedagogía del cuerpo

 


María Tereza y sus alumnas
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María Teresa García Schlegel
Maestra de danza, Academia Superior de Artes de Bogotá, ASAB, y Colegio Colsubsidio Femenino de Bogotá.

 
Ya que el cuerpo en la sociedad actual permanece en la penumbra, hay mucho de melancolía en el ansia de bailar.

Hace algunos años, en una discusión académica que pretendía arrojar algunas luces sobre el complejo y siempre escurridizo trabajo corporal, una amiga me invitó a aventurar una definición de cuerpo. En un arranque de lucidez y riesgo le dije: “El cuerpo es el punto de encuentro problemático y profundo entre naturaleza y cultura”. Desde entonces se volvió casi un eslogan oficial y para mí, una fuente constante de perturbación y ansiedad. ¿Si es naturaleza, hasta dónde? Y ¿qué es lo cultural en el cuerpo? Y lo que es más importante: ¿en qué afecta a la enseñanza de la danza una definición como esta? Años de docencia e investigación en la enseñanza de la danza y por tanto del cuerpo han acompañado esas preguntas. Hace relativamente poco, me tropecé con esta fascinante definición de David Le Breton en su libro Sociología del cuerpo: “el cuerpo es el lugar y el tiempo en el que el mundo se hace hombre, inmerso en la singularidad de su historia personal, en un terreno social y cultural en el que abreva la simbólica de su relación con los demás y con el mundo” (2.002; pag 35).


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Fue para mí entonces verdaderamente revelador. Si bien, el largo oficio de maestra con su cantidad de perplejidades me había llevado a aventurar una definición arriesgada, la lectura de Breton llenó de definiciones y complejidades lo que ya era una certeza. “El individuo habita el cuerpo desde la urdimbre de relaciones sociales y culturales que lo atraviesan, las que vuelve a representar a su manera, según su historia personal y su temperamento” (Breton, 2.002, pag ). Volvió a tener sentido aquella frase tan manida y estupenda: “yo soy el resumen del universo” o la no menos hermosa definición de Artaud: estamos en el cuerpo “como en una encrucijada habitada por todo el mundo”.

Nacemos a la vida desde el arrullo ...”aserrín, aserrán, los maderos de San Juan”..., el mecedor en las tardes, el ritmo de las pisadas, la mano callosa o suave, el tono muscular de la madre, sus silencios, sus palabras, la distancia, la caricia, el temor, la violencia, ...“sana que sana, curita de rana”.... La “simbólica corporal” se encarga de plagar de significados el contacto con el hijo. Más que en los conceptos, el niño está atrapado en la simbólica de los gestos y los sonidos que lo llenan de miedo o de alivio, y van tejiendo en él su cada vez más compleja construcción del mundo. Así como existe una lengua materna, hay un cuerpo materno.

Por todo ello no dudo en afirmar que a edades muy tempranas se inscribe en el cuerpo, la carta de navegación ética, política y estética que será el derrotero de bienestar a lo largo de toda la vida. A pesar de esta afirmación tan tajante y si se quiere tan perturbadora en un país inmerso en el dolor del abandono y el maltrato de su infancia, nuestra fortuna es ser siempre sujeto de nuestra propia experiencia corporal. El cuerpo siempre se está recomponiendo. Es un palimpsesto infinito donde todo está dicho y todo ha de decirse, puesto que el cuerpo es una construcción simbólica a partir de la propia experiencia. Es el sentido práctico, la inteligencia del mundo, pero a la vez, bien puede ser mi proyecto sobre el mundo. Y es allí donde aparece la danza, más concretamente mi interés en la enseñanza de la danza en la escuela.

 

Curiosamente la danza ha estado desterrada por lo general de los currículos escolares desde siempre en Colombia. Con excepción de las escuelas especializadas de muy notables y meritorios resultados, y una que otra escuela formal, en la mayoría de los casos ha desempeñado un papel secundario; de adorno, cuando permite darle vistosidad a los eventos escolares, hace de catalizadora de las inquietudes estudiantiles y en no pocas ocasiones es premio o castigo ante problemas de desempeño escolar o disciplina. “si no se porta bien, no va a la clase de danza”... Para la mayoría de nosotros los que hemos tenido la fortuna de pensar, o enseñar desde la danza, ser gestores, ser bailarines, o entrenarnos como tales, una comprensión tan pobre de nuestro oficio no puede menos que provocarnos una enorme desolación. Nada tienen que ver estas afirmaciones con ese trabajo descomunal que demanda el hacer del cuerpo, un nuevo territorio donde se intensifica el aquí y el ahora, se inauguran nuevas velocidades, se exploran nuevas espacialidades, se modifica el tiempo. El entrenamiento en danza supone una reinvención de lo humano, supone lo virtual en la definición de Pierre Levi [1]. (video de Barishnikov) En alguna ocasión escribí: “Nada es comparable al placer infinito que produce el dominio de un giro, un salto o un gesto. La fascinación que se desprende de ver al cuerpo desplegar formas y emociones, la delicia de la rapidez, y la lentitud, la ampliación del espacio más allá del brazo o de la pierna, la infinita delicadeza o la violencia de un movimiento, el tiempo detenido en un equilibrio, el paneo en redondo de un giro, la elevación portentosa de un salto. Fundirse en el todo y embriagarse con la soberbia del artista: Ser Dios en el escenario.” [2] La belleza de la imagen de Elaine Kudo Mijail y Barishnikov en “Sinatra Suite” de la coreógrafa norteamericana Twyla Thrap (que se encuentra en video), nos transporta al espacio sin tiempo del movimiento abstracto que algún día inventó la danza clásica.

A pesar de su aparente eternidad, hoy en día el ballet sigue siendo un arte en el que sus más destacados intérpretes, poseen la actitud y refinamiento de un aristócrata. Y si alguna vez ha llegado a la escuela en Colombia el ballet, es fundamentalmente en aras de la construcción de esa huella de refinamiento en el gesto de los estudiantes. O más exactamente “de las estudiantes”, porque son por lo general mujercitas, las niñas y jóvenes que van a nuestras escuelas estimuladas por el entusiasmo de madres, docentes y el ambiente, hacia el cultivo de un arquetipo de feminidad aún vigente: delicadeza, compostura, calidez, modales, estilo, donaire, etc, además del valor agregado de la delgadez; obsesión contemporánea. A partir de ese momento los docentes del ballet nos sentimos obligados a entrenar con la mayor eficacia y prontitud un cuerpo virtuoso. En los trajines de la educación de un cuerpo técnico, la barra, el plié, el brazo, la línea, el salto, la pirouette, poco o nada se le cuenta al estudiante del origen aristocrático del ballet.

Una forma estética tan exquisitamente elaborada, necesitó para desplegarse y fascinar al mundo occidental durante cuatro siglos, de una rica tradición en danzas, pasos, fiestas civiles y religiosas, populares y nobles, misterios y entremeses, bufonadas, mascaradas, danzas colectivas y de pareja. Con el tiempo devino en instrumento privilegiado de fiestas que encumbraban a los príncipes renacentistas. Con Luis XIV y de forma asombrosamente bizarra, el arte de la danza clásica hace del cuerpo, su movimiento y expresión la proyección de un orden: el estado absoluto. A la jerarquía de la construcción espacial del cuerpo del bailarín (posición pedestre, gestos ampulosos, privilegio de la línea sobre el volumen, de la cabeza sobre los miembros) correspondió la jerarquización de la vida social del Estado absoluto. (imagen Luis XIV) En 1653, Luis XIV baila el papel de Apolo en el Ballet de la Nuit. Interpreta al sol, y a su alrededor, a modo de planetas giran cortesanos enmascarados.

El ballet es una metáfora estética que emparentó desde un proyecto político la línea con el cuerpo por analogía. El estado absoluto en la figura del Rey Sol, hace un uso político de la metáfora corporal. Con la inauguración oficial de La Academia Real de Música y de Danza se inicia el desarrollo espléndido de una técnica elaboradísima que abarca cerca de cuatrocientos años de investigación en el gesto y el movimiento.

El peso que supone tan maravillosa tradición nos hace olvidar como docentes frente a esa joven estudiante, que generaciones tras generaciones de bailarines no sólo fueron cultores y guardianes de tan estupendo equipaje; no sólo fueron maravillosos intérpretes, sino que tuvieron que ser asombrosos creadores. Generaciones, tras generaciones de bailarines clásicos manipularon su tradición para enriquecerla y transformarla. Frente a esa muchachita barrigoncita, con un enorme tutú y de mallas arrugadas, se nos olvida que no necesariamente hay que esculpirle el cuerpo en la imagen descarnada y asexuada de la bailarina clásica, o entrenarla en una técnica, sino que también hay que permitirle jugar con una tradición tan maravillosa. Que la reverencie si, pero sin dejar de manosearla, manipularla, olvidarla, desacralizarla, unirla a otras técnicas de movimiento y algún día nos sorprenderá con lo único que ha hecho sobrevivir a la danza clásica a lo largo de la historia: la capacidad de crear.

Si bien, el lugar común de la opinión colectiva nos entrega para que moldeemos a esa muchachita de ojos encandilados deseosa de bailar como una Barby, nosotros como docentes no estamos ahí para esculpirla a garrotazos y hacer de ella un cuerpo ideal. Estamos para brindarle la oportunidad de una técnica milenaria, pero también la oportunidad del escenario y la vivencia en las grandes obras clásicas y contemporáneas, pero también la oportunidad de su propio cuerpo, de su propia historia, de su sociedad y de su cultura, y de ese modo, darle la oportunidad a la danza de crear y recrearse. Necesitamos bailarines, intérpretes y creadores, gestores, críticos de arte y danza, público para nuestros espectáculos, Colombianos capaces de reconocer lo sagrado en su propio cuerpo y si es así como bien lo dijo Álvaro Restrepo palabras más o palabras menos, difícilmente desde un cuerpo sagrado se le hace daño a otro cuerpo.

Hay una especie de continuidad entre el cuerpo y el mundo que el entrenamiento en una técnica rompe y virtualiza. El cuerpo que ha de construir la danza ha de ser un cuerpo virtuoso, expresivo y sensitivo; un territorio para la comunicación y la creación. El entrenamiento en danza rompe la continuidad entre el mundo y el cuerpo cuando supone el control de los gestos con una atención más sostenida y a la vez demanda la expresión en los gestos con una intención precisa. Pero las técnicas no son neutras, y no deben serlo, son una toma de posición política, ética y estética en el gesto y así lo debería descifrar el estudiante. Cada gesto que se despliega en el escenario habla de una historia, de una cultura, de una sociedad, de un creador, de un intérprete, de una relación con el público, de una relación del bailarín con su cuerpo, con su tradición, con el cuerpo colectivo que se construye en la magia del escenario. Por eso no se le puede negar a esa muchachita inquieta, así no tenga el talento de Makarova, el derecho de entender ese gesto en el escenario. Es por ello que hablamos de un cuerpo escénico. Así sea como intérprete de una coreografía milenaria, en el momento de la escena el bailarín debe ser un creador y un interlocutor inteligente con un público que también crea en el escenario. Nuestros jóvenes deben manipular la técnica, deben manipular la tradición escénica, deben aventurar sus creaciones en el contexto de la escuela, que no debe excluir sino incluir y canalizar inquietudes. Para ello los docentes debemos aventurar nuevas metodologías de enseñanza que nos hagan no escultores y cancerberos de una tradición, sino compañeros de navegación en el proceso de apropiación del cuerpo individual y colectivo.

El estudio de la danza en la escuela regala una nueva oportunidad al mundo, a mi mundo, a mi cuerpo como principio organizador del universo, cuando sea capaz de entenderme como esa elección que hago en la trama social y cultural que me da forma. Cuando sea capaz de erigirme en el tejedor de mi mundo y del mundo. Cuando me comprenda como heredero de una formidable experiencia corporal que son mis arrullos, mi contacto, mi gesto, mi mímica, mi mirada, mi distancia con los otros y los objetos. La oportunidad de la enseñanza de la danza en la escuela me ofrece no solo la delicia del dominio de un gesto, de un giro, de una elevación en ese cuerpo que a punta de trabajo se ha hecho virtual; ni tan solo el placer de sentirse parte del todo en medio de una coreografía, la fila, el circulo, la energía que se multiplica cuando se suda y se vibra al unísono por todos en el acto escénico. No sólo me brinda el placer de sentirme maravillosamente vivo, por el dominio de mi movimiento en el tiempo y en el espacio: si quiero fluido, pesado, elástico, ingrávido, gigante, sutil, infinito. Más que todo esto, que ya de por sí es mucho, la enseñanza de la danza en la escuela me brinda la oportunidad de entenderme como el tiempo y el espacio en que la vida me hizo mujer-hombre, como la urdimbre de relaciones sociales y culturales en la que abreva la simbólica de mi relación con el mundo, como una elección y un temperamento. La danza en la escuela me puede dar el derecho a estar dispuesto a construir y reconstruir la naturaleza humana en mi mismo y para los otros.

Qué delicia que nuestros estudiantes recordaran con particular entusiasmo su experiencia de danza en la Escuela, pues no sólo aprendieron una técnica, una coreografía, una disposición en el escenario, una sonrisa, sino que aprendieron a ser cuerpo con intención en el mundo. Soy cultura, soy sociedad, soy elección personal, y es sólo gracias ello que puedo volver a nacer a la vida y elegir mis arrullos en el mecedor en las tardes...”aserrín, aserrán, los maderos de San Juan”..., elegir el ritmo de mis pisadas, el tono muscular de mi mano que sé callosa o suave, elegir mis silencios, las palabras, la caricia, el temor, la distancia, el gesto, la comprensión y el control de mi violencia, ...“sana que sana, curita de rana”

Los propósitos de formación de la danza no pueden ser ajenos a la necesidad de preparar a las nuevas generaciones para convivir, compartir y cooperar en el seno de sociedades más democráticas, armónicas y solidarias. Como bien lo dijo el maestro Augusto Hernández de la Universidad Nacional: ”El estudiante ha de ser capaz de asumir una posición estética y ética sobre la base de una exploración sistemática y comprometida con su cuerpo y su realidad, orientado por una noción de lo justo, de lo verdadero y de lo bello”.



[1] Dice Levy (1999), “Lo virtual no es, en modo alguno, lo opuesto a lo real, sino una forma de ser fecunda y potente que favorece los procesos de creación, abre horizontes, cava pozos llenos de sentido bajo la superficie de la presencia física inmediata...el cuerpo sale de si mismo, adquiere nuevas velocidades, conquista nuevos espacios. Se vuelca al exterior y transforma la exterioridad. Virtualizándose el cuerpo se multiplica”. Es el esfuerzo de hacer saltar los límites intensificando el aquí y el ahora. Sigue líneas de fuga, se vectoriza, se desterritorializa. Levy continúa “Sometido a la gravedad, pero jugando con los equilibrios hasta convertirse en aéreo, el cuerpo que salta o se desliza ha perdido su pesadez. Se vuelve velocidad, travesía, ascensional, aún cuando parece caer o fluir hacia lo horizontal...La virtualización del cuerpo no es, por tanto, una desencarnación sino una reinvención, una reencarnación, una multiplicación, una vectorización, una heterogénesis de lo humano”. (Levy, 1999, 18-32)

[2] García María Teresa, Conferencia para el IDCT, Biblioteca Virgilio Barco, Bogotá, Octubre 10, 2.002


Charla dada en:

La Dirección de Infancia y Juventud. Ministerio de Cultura
Bogotá. 2003

Bibliografía


AGUIRRE, Mirtha: 1979. Los caminos poéticos del lenguaje. Letras Cubanas, La Habana.


DELEUZE, Gilles, Felix Guattari,1997: Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia. Editorial Pre-Textos, Valencia, España. 522 páginas.


ESTRADA Herrero, David,1988: Estética, Herder, Barcelona. 773 páginas.


LE GOFF, Jaques,1992: ¿La cabeza o el corazón? El uso político de las metáforas corporales durante la Edad media. en FEHER, Michel, Ramona Naddaff y Nadia Tazi (editores): Fragmentos para una historia del cuerpo. Tercera parte. Taurus, Madrid.


LE BRETON, David, 2.002: Sociología del cuerpo. Nueva Visión. Buenos Aires.


GARCÍA SCHLEGEL, María Teresa, 2.002: El Ballet,“Poema Libre De Todo Aparejo Del Escriba” , Gesto político que deviene en metáfora corporal. Conferencia para el foro Arte y Política del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Bogotá 10 y 11 de Oct.


GARCÍA SCHLEGEL, María Teresa, 2002: La danza y su voz. Tesis para optar al título de Magister en Educación. Universidad Pedagógica Nacional, Facultad de Educación


GUATTARI, Felix1998: Las tres ecologías. Gerardo Rivas Moreno editor, Santafé de Bogotá Colombia. 73 páginas.


HERNANDEZ, Augusto: Arte y Pedagogía. Fotocopia, carece de referencias. 7 pgs.


LEVY, Pierre,1999: ¿Qué es lo virtual?. Paidós Multimedia, Barcelona, España. 140 pgs.


MICHEL, Marcel, Isabelle Ginot, 1998: La danse au XX siècle. Larousse. Fr. 271 pgs.

SALAZAR, Adolfo. 1964: La Danza y el Ballet. Breviarios del Fondo de Cultura Económica, Méjico,Tercera reimpresión. 263 páginas.


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