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Artes visuales
 



Beatriz González
Artista Maestra


Carlos Reyes l Beatriz González l Álvaro Medina l Santiago Cárdenas

Temas:

· Se contempla... se conciben ideas
· Hacer la obra o transformación simbólica
· Reflexiones en el tiempo, significados que se forjan
· Proyección cultural del trabajo
· Bibliografía


Hacer la obra o tranformación simbólica
Inventarse una imagen

“Para este proyecto”, cuenta Beatriz, “resolví olvidar las imágenes de mujeres abrazadas llorando, que había estado trabajado en ese momento. Trabajé mucho en inventarme una imagen adecuada para las lápidas. ¿Ustedes son capaces de inventarse una imagen? Invéntense una imagen. Yo me fijé que en todos los buses de Bogotá había una mujercita en la playa, tirada entre unas palmeras; esa mujer era la imagen del placer. Yo me preguntaba: ¿de dónde salió esta mujer? Y resulta que era una imagen traída de Miami y se la habían puesto a todos los buses. Entonces decidí que yo quería hacer lo contrario: quería hacer la imagen del dolor”.

“Siempre me ha intrigado ese gusto popular por los ataúdes decorados”, dice Beatriz, refiriéndose a los antecedentes de su obra. “Fíjense ustedes; la gente decora los ataúdes, les pone unos dibujos y unos colores especiales. Vi que en los cementerios había muertos muy raros y que la gente hace cosas extrañas, como en Barrancabermeja y otras partes. Son cosas muy interesantes, pero las personas se olvidan de ellas. A mí me gusta mucho la expresión popular”.


Vista hermosa. 2006.
Carboncillo sobre tela
25 x 1200 cm
Colección particular, Bogotá



Vista hermosa. 2006.
Carboncillo sobre tela
25 x 1200 cm
Colección particular, Bogotá



Vista hermosa. 2006.
Carboncillo sobre tela
25 x 1200 cm
Colección particular, Bogotá


Vista hermosa. 2006.
Carboncillo sobre tela
25 x 1200 cm
Colección particular, Bogotá


Vista hermosa. 2006.
Sanguina sobre papel
21 x 23 cm
Colección particular, Bogotá


Vista hermosa. 2006.
Óleo sobre mármol
10 x 15 cm
Colección particular, Bogotá


Columbarios del Cementerio Central de Bogotá



Fotomontaje de Annabelle Beauchamp


Ésta era la tumba de un niño en Medellín”

“También empecé a observar que a los muertos en Colombia los cargan de las maneras más raras: se llevan en bolsas, en hamacas, en telas con palos atravesados. Antes los silleteros cargaban a las personas que querían trasladarse de un lugar a otro, cargaban a los vivos; ahora se envuelve a los muertos de muchas maneras. Empecé a hacer una serie de dibujos para representar esas formas, unos dibujos en carboncillo que son más bien pequeños, no son grandes”.

“Durante este proceso encontré una foto de unos soldados que marchaban llevando un ataúd y se me ocurrió hacer un grabado (yo había vivido en Holanda, donde aprendí a hacer grabado en metal). Este era un grabado difícil y lo mandé hacer, pero me di cuenta de que lo que necesitaba hacer era una lápida, y entonces le pedí a los señores que me estaban imprimiendo el grabado que le dieran esta forma. El sitio de la foto era un sitio en los llanos que se llama El Pedregal, por eso la obra se llama Lápida de Pedregal. Sin embargo, no quedé contenta con esto: los colores eran muy suavecitos, no me gustaban”.

“La obra de los columbarios se llama auras anónimas”, cuenta Beatriz, “porque todos los seres humanos tienen un aura y si uno desaparece, el aura queda (tal vez han visto fotos tomadas en el siglo XIX con una cámara de esas de daguerrotipos, en las que se alcanza a ver el aura de las personas que estuvieron en un sitio y al momento de la foto ya no están). Se llama Auras anónimas porque nadie sabe la cantidad de personas que pasaron por esos columbarios. Imagínense: cada siete años una persona distinta. Las auras estaban flotando en el aire de Bogotá y estaban esparciéndose y había que concentrarlas, había que encerrarlas con una lápida. Lo que yo quería era ponerle lápida a estas tumbas vacías, para colaborar con el descanso de esas almas.

Los materiales y la técnica

“Hice 8 modelos para las lápidas en carboncillo sobre papel. Debía buscar a alguien que se le midiera a la elaboración del proyecto, porque al contar cuántos huecos había eran 8.957. ¡Tenía que hacer 8.957 lápidas! ¿Quién se le mediría a hacer eso? No podía además utilizar mármol, así que tuve que buscar unos especialistas en un sistema de grabado que se llama serigrafía (que es impreso con seda) y buscar un material que fuera a resistir tres años, porque esta obra va a estar aproximadamente hasta el 2011”.

“Contacté la empresa Master - Tamigrafía que queda en el sur de la ciudad y es la que le hace a Carulla ciertos avisos y tapetes. Ellos hacen trabajos al por mayor y propaganda que resiste la intemperie, gracias a sus características particulares. Hicieron las serigrafías sobre laminas gruesas de poliestileno de manera que resistieran la intemperie, pues es un material que no se dobla ni se decolora. Hicieron un trabajo excelente, muy organizado para que no se fueran a refundir las distintas lápidas. Yo quise llevarme las piezas para mi estudio, pero cuando ya llevaba una buena cantidad, me di cuenta de que pesaban muchísimo. ¡Podían realmente desfondar el apartamento! Por esto la Alcaldía prestó una casa para guardar la obra en un primer piso, mientras íbamos colocando cada una de las lápidas”.

Preparar el lugar

Mientras yo trabajaba en las serigrafías, la Alcaldía hizo el aseo general y blanqueó de nuevo las paredes de los edificios. Antes de empezar a trabajar era impresionante el desaseo y la suciedad; había mucho, mucho mugre y toda clase de cosas. Encontramos, por ejemplo, muchísimas culebras, unas serpientes rojas y negras que pensé que podían ser corales, pero no: eran serpientes de tierra fría. Había también palomas por montones; muchas estaban muertas, porque en este sitio los viernes se hacían rituales satánicos donde ahorcaban a los pobres animales y quién sabe qué más. Además en los columbarios vivía gente; había olor a sopa. ¡Un cementerio que olía a sopa! Descubrimos que en un cielo raso vivían varias personas y la Alcaldía hizo un trato con ellas para trasladarlas a otra parte y tapar luego los huecos del cielo raso. Se hicieron también varios arreglos menores, mientras se restauraban completamente los edificios”.

El montaje de las lápidas

“En ese momento necesitaba a alguien que me ayudara a montar las lápidas. Cuando era curadora del Museo Nacional de Colombia, de las obras de arte histórico (durante catorce años), conocí a la familia Zapata: un grupo de personas que sabían hacer trabajos refinados con las manos. Estaban acostumbrados en primer lugar a trabajar en grandes proporciones y en segundo lugar con obras de arte; ellos colaboraron con el Museo, por ejemplo, cuando llegó de China la exposición de los soldados de terracota. Por desgracia, ya habían salido del museo, pero los pude localizar y me ayudaron a conseguir más gente. Organizamos tres equipos, pero resulta que la gente le tiene pánico a trabajar en el cementerio, incluso de día, así que terminamos sólo cuatro personas y al final únicamente dos haciendo este trabajo”.

“El montaje nos presentó otros problemas. Al tratar de poner las láminas sobre los huecos, no sabíamos cómo sostenerlas. Acabamos organizando una carpintería allá en el sitio, porque nos dimos cuenta que sin clavar puntillas, sobre unos triangulitos de madera colocados en las esquinas de las tumbas, se podían poner las lápidas. Por ser el sitio un bien patrimonial, tenía que tratarse con mucho cuidado. Después vino el problema de los bordes que quedaban muy feos; ensayé con yeso, pero se secaba muy rápido, y finalmente resolvimos la cosa con cemento. Como pueden ver, quedaron muy bien acabados; se pintó el cemento y quedó todo muy bien. Nos ayudó un estudiante de artes que traje de Santander, que iba limpiando a medida que iban quedando las lápidas. Los ocho dibujos que había hecho quedaron alternados en distintos lugares”.

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